Cuando el rodaje de El Imperio Contraataca llegó a su fin, Mark Hamill (Luke), Harrison Ford (Han), Carrie Fisher (Leia) y el director Irvin Kershner, plantearon a George Lucas la posibilidad de matar a Han Solo. Según ellos, era lo más coherente siguiendo el argumento. Como dijo el propio Ford, “no tiene ni mamá, ni papá, ni historia que contar. Si lo matamos, daremos peso a esto”.

Sin duda, los actores y Kershner pensaban en lo beneficioso que sería para la trama el hecho de que Solo hiciera ese supremo sacrificio por la causa rebelde, convirtiéndolo en un mártir y siendo así un acicate y modelo a imitar por parte de los soldados de la Alianza en la batalla final de Endor, en el siguiente filme. Además, apenas obligaría a cambios en el guión: tan sólo habría que cambiarlo en la escena en la que Lando Calrissian se agacha para cerciorarse de que Solo, recién emparedado en la carbonita, estaba “vivo y en perfecta hibernación“; se hubiera cambiado por la noticia de su fallecimiento y Darth Vader, acto seguido, dándole a Boba Fett una sustanciosa recompensa en dinero, como compensación por la muerte de Solo.

Lucas, a pesar de esta unanimidad, se negó en redondo. Tenía ya bastante claro lo que quería hacer con los personajes en El Retorno del Jedi, y no quería que faltara el ingrediente romántico entre Han y Leia, además de no querer trastocar la primera parte del filme: el rescate de Han en el palacio de Jabba el Hutt y las escenas del pozo de Sarlacc. Así pues, lo que no pudieron lograr ni el imperio, ni Boba Fett, ni Jabba ni ningún cazarrecompensas, casi lo logra el plantel principal de actores entre bastidores: acabar con Han Solo. Por suerte, Lucas lo impidió.

