Corta y navega…

Mayo 3, 2008

…que vienen los vikingos. Eso nos pasó, hijos míos, en el mar de Ostland, el archipiélago del este, donde luego viví durante largos años, en la Casa Gremial, con mi pensioncita y mi Seguridad Social…pero bueno, vayamos al grano…leed, leed…

Estábamos en una carabela con nuestro colega el almirante Nicomedes, en plan  viaje de placer, frente a las costas de Ostland; corría el vino, era verano, estábamos en bermudas todos y Evaristo haciendo el conjuro de escudo  para protegernos del sol, mientras Satur, como buen clérigo, nos ponía un ungüento bronceador; Poli y Avelino dale que te pego a las bulerías y Segis desplumándonos al póker. Lo de siempre, vamos.

Disfrutando la vida

Al cabo de un rato, distinguimos una vela cuadrada roja en el horizonte, al norte, y Lucinio subió trepando como un gamo - había perdido 15 kilos ese verano, rara avis -, hasta la cofa del palo mayor, para gritar:

- ¡Son vikingos, y no creo que vengan en son de paz! ¡A las armas, a las armas!

Y se acabó el buen rollito: todos nos pusimos nuestras ropas almohadilladas y nuestras armaduras encima de ellas; cogimos el instrumental y nos preparamos. Yo cargué la ballesta y Nicomedes se puso al timón del buque para tratar de evitar el combate, intentando esquivar al drakkar de los cojones, que nos había aguado la fiesta:

- ¿Y no podían haberse quedao en su casa, contando sagas y bebiendo calvados? – exclamó Segis-.

- O escuchando un recital de Roxette o Europe, unos bardos de su tierra…- dije yo-.

Los drakkars son embarcaciones muy veloces, y Nicomedes nada pudo hacer: nos cazaron, y pudimos ver a toda la colección de vikingos preparándose para abordarnos, hachas en mano y con los escudos redondos esos de colorines, que si los sacudes parecen un pay-pay. El nombre del barco estaba escrito en caligrafía gótica y en rojo, seguro que con la sangre de algún enemigo; no sabíamos qué significaba, pero acojonaba: LERKENDALSTADION.

¡que vienen!

Antes de iniciar el ataque, les oímos gritar en idioma común, aunque eso sí, con acentazo:

- ¡Tödö listö, Herr Almirrante Laudrup! 

- ¡Puës adelantë, mis bravös! ¡Pör la Kronprincessin Magdalenaaaaaa……

- …quë está muy buënaaaa!!!! – corearon todos al almirante-.

Total: lanzan no sé cuántos garfios con cuerdas y tablas para abordarnos, y a pesar de que cortamos algunas, no pudimos evitar que saltaran sobre nosotros. Y comenzaron a volar las hostias: nos defendíamos muy bien, sobre todo Lucinio y Avelino, que ya habían rajado algunos escudos y roto algunos cascos de esos cónicos sin cuernos que llevan estos vikingos. No eran muchos, la verdad, pero luchaban con gran fiereza. A Segis le pusieron el jepeto de un mazazo mirando a Akesoli, y aunque no murió ni dejó de luchar, todos adivinamos que se pasaría unos días escupiendo dientes. A mí me acertó un hacha en la bota, suerte que la daga que llevo siempre ahí escondida amortiguó el golpe, porque si no me rebana el pie. Nicomedes y Laudrup luchaban con denuedo, uno con su casaca roja de almirante y el otro de azulón coliseum.

El caso es que la refriega se empezó a alargar, ya que ninguno de los dos bandos cedió; poco a poco, nuestras armas y sus armas se fueron rajando, deformando o rompiendo, hasta el punto de que llegó un momento en el que sólo contábamos con dagas y nuestros puños y pies. El combate se convirtió en una reyerta callejera. Laudrup, que había despachado al pobre Nicomedes de certero tajo en el gaznate, se dirigió a nosotros:

su almirante hablándonos

- ¡RRendíös, cöñö! ¡RRecönocëd nuëstrra superriörridad!

- ¡Ni de cachondeo, chaval! – exclamó Evaristo-, ¡ a ver cómo os manejáis con las navajas! 

- Oye, ¿y si solucionáramos esto de modo pacífico? – dijo Satur, siempre conciliador-.

- ¿Qué sugiërrës? – contestó el lugarteniente Solskjaer, el del mazazo a Segis-.

- U-una p-partida de p-póker, p-por ej-jemplo – terció Poli-.

- Nö, nö jugamös a esö. Perrö podëmos jugarr al fútböll. Y ël que ganë se quëda cön el buquë dël adverrsarriö - dijo Laudrup-.

- Ah, pues vale – acordamos todos-. Venga, poneos vosotros los petos amarillos sobre las cotas de malla, y nosotros nos ponemos los rojos – decidió Lucinio-. ¡A ver! ¡Armad las porterías con los tablones del abordaje y despejad la cubierta! ¡El árbitro será un muerto viviente que tenemos dentro de un ataúd en la bodega, al que resucitamos para estos menesteres!

- ¿Cómo se llama? – inquirió Solskjaer.

- Mejuto Collina. Es un vampiro jubilado de Darokin- respondió Avelino-.

En qué hora se nos ocurrió aceptar un partido de fútbol, maldita sea mi estampa. Todos jugábamos poquito, pero el Laudrup éste era un fenómeno. 7-1 nos metieron (6 de Laudrup y uno de Solskjaer), y el 1 en propia puerta (al jugador que se lo metió, Ljungberg, creo recordar, lo sacrificaron luego a Odín). Así que se quedaron con el barco y con todo lo que contenía. Nos dejaron una chalupa pa ganar tierra, y llegamos, tras remar como condenaos, al puerto de Zeaburg, con una mano atrás y otra alante. Debido a la vergüenza general, no volvimos a hablar del tema…hasta hoy, en que os relato la historia. Así que ya sabéis: si os abordan unos vikingos, ni de coña aceptéis un partido de fútbol con ellos. Hasta otra, Fot Aël S.