Hijos míos, hay veces en las que esto de salir de aventuras se hace cuesta arriba, ya que puede llegar un momento en que te puede acontecer algo esperpéntico…leed, leed…
Estábamos de sirtakis, vinillo y mujeres fáciles en Éfeso del Gargón, País de Obela, cuando una aterradora noticia sacudió la ciudad y la comarca entera: la hija del alcalde, Elektra, había sido secuestrada por el minotauro Paneque. El edil no tardó en publicar bandos ofreciendo una sustanciosa recompensa, y no lo pensamos; la entrevista con Su Excelencia, Yorgos Pamplinas Papanatas, fue como la seda:

Paneque
- Consecuentemente con lo que me habéis referido de vuestro curriculum, ¿vosotros tenéis experiencia en estas cosas…? – inquirió el alcalde-.
- No se lo puede usted figurar. ¿Podría darnos datos de su hija y acerca de Paneque? – respondió Avelino-.
- Mi hija es profesora de ballet en la ciudad, y era secreto a voces que Paneque la rondaba, sin éxito, naturalmente. Pero nunca nos imaginamos que llegaría a tales extremos…
- ¿Qué nos puede decir del minotauro? – dijo Satur-.
-¿De Paneque? Su verdadero nombre es Panayotis Mecherazos Anisakis, llamado Paneque por todo el mundo. Es un minotauro huérfano, inofensivo, que trabaja de albañil. Su gran pasión es el ballet y cursaba Tercero. Mi hija le daba clases y se encaprichó con ella. Supongo que la habrá llevado al laberinto, unas cuevas semiabandonadas, al norte de aquí, en las colinas. Por ahí deberíais empezar a buscar…recordad, mi hija viva y Paneque también, para poderlo juzgar personalmente. 3.000 por barba…
- Hecho, pollo – dijo Lucinio-.
Así que en marcha la mañana siguiente. En efecto, al norte nos introdujimos en una red de cavernas pequeñas, muchas de ellas con el techo derruido, se podía ver el cielo en bastantes tramos. Cuando ya llevábamos un buen trecho andando, escuchamos unos golpes y un diálogo a lo lejos, con lo que extremamos el sigilo; desgraciadamente, nuestro querido Lucinio acusó la fabada del rancho, soltando un cuesco descomunal:
- ¡Joder Lucinio, la sorpresa a freír espárragos!- grité yo-.
- ¿A ti no te ha pasado nunca? – me replicó irritado el enano-.
- ¡Callaos coño, que nos va a oír! – cortó Segis-. ¡Ponte un tapón en el culo y tú otro en la boca!
No importó demasiado, ya que los ruidos no cesaron; al aproximarnos, escuchamos unos golpes rítmicos y una suave música de fondo. Convinimos en atacar por sorpresa, dividiéndonos en dos grupos:
- A la una, a las dos, a las…¡¡¡tres!!!

Irrumpimos en la estancia, en la cual, sin hacernos ni puñetero caso, estaban un minotauro y una chica jovencísima, con sendos tutús, practicando unos saltitos de ballet. La música provenía de un conjuro. La chica nos dijo, tranquilísima:
- Hagan el favor de guardar silencio, no le rompan la concentración…
Ante esa escena, Satur, Avelino, Segis, Evaristo y Poli se retiraron, para empezar a descojonarse en la cámara contigua, con unas carcajadas que se debieron de escuchar en Mordor; yo me quedé estupefacto, sin saber qué hacer o decir; Lucinio, por el contrario, dejó caer su espada, a continuación dejó caer su escudo, se quitó el yelmo con ambas manos y lo arrojó lejos de sí, y se alejó a grandes zancadas por donde habíamos venido, haciendo aspavientos con los brazos:
- …Y yo me voy a tomar por culo ahora mismo…pero ahora mismo, y me tocáis los cojones todos…
Tras el festival de risas, chacota y demás, preguntamos a la pareja si hacían el favor de acompañarnos de vuelta a casa. La respuesta fue rotunda:
- ¡Ay, no! ¡Mi padre es un tirano que no acepta ni comprende mi arte! ¡Aquí me quedo con mi Panequito!- decía Elektra, mientras le acariciaba el hocico al mostrenco-.
- Yo también me quedo con mi cariñito – atronó la voz del minotauro-, no tengo a nadie, salvo a ella, que puede sacar lo mejor de mí…
Tras las carcajadas de rigor, que volvieron a arreciar – lo siento por la pareja, que nos miró con mala cara-, nos despedimos de ellos y le fuimos con el cuento al alcalde:
- ¿Pero cómo habéis dejado a mi hija con esa bestia allí, cabrones? – bramaba Yorgos Pamplinas-.
- ¡Joder, pues porque quieren estar juntos! ¿Qué quiere que hagamos? ¿Que los traigamos a rastras? – dijo Segis-.
- ¡Sí, coño, sí! ¡A rastras si hace falta! ¡Pero me los traéis! – rugió el alcalde-.
- ¡Que no, hombre! ¡Que pasan de usted,y nosotros de la recompensa! ¡Venga, chavales, que nos vamos! – exclamé yo-.
Y nos largamos de allí: ¿quiénes somos nosotros para rescatar contra la voluntad del rescatable? Así que ya sabéis, hijos míos: las situaciones grotescas han de solucionarse con serenidad y las ideas claras…hasta otra, Fot Aël S.
Escrito por cauron 
