Partida singular e histórica la de ayer, ya que, por primera vez, nuestro grupo de aventureros NO fue el protagonista de la sesión; nuestros personajes dejaron paso a las tropas de la República de Darokin y de Tierras Rotas, teniendo lugar una batalla y un asedio, sin la participación del grupo.
La partida se inició con nuestros héroes regresando a Corunglain a reponer fuerzas, recibir nuevas órdenes y cobrar la recompensa por las cabezas de los líderes de la guerrilla enemiga. 9.000 monedas de oro (1.800 por barba), que fueron canjeadas por algunos personajes en forma de objetos mágicos o gemas y joyas, por aquello del peso excesivo. El comandante enano Teikell advirtió a nuestros héroes de las novedades en El Puercoespín: el asedio inicial había sido roto por las tropas del Caos, que obligaron a retroceder una legua a las fuerzas de Darokin, aun a costa de grandes pérdidas. ¿Resultado? posibilidad de combate en campo abierto para reiniciar el sitio a la fortaleza. Nuestro grupo llegó al campamento militar el día anterior a la batalla, tras despachar por el camino a una patrulla de kobolds y a un hombre-oso, temible licántropo que apenas dio problemas. Los personajes se presentaron ante el coronel Diomedes – un gnomo fumador y algo macarra, pero magnífico estratega-, que les dio la bienvenida y les contó lo de la inminente batalla, instándolos a no participar en ella, ya que deseaba reservarlos para ulteriores operaciones. Así que descansito, a la cama y…se acabó el papel de nuestro grupo en esta partida.

Se armó el bochinche en Tierras Rotas
Concretamente, la batalla del Yermo de la Escoria, un inhóspito y desolado lugar de las Tierras Rotas, tuvo lugar al amanecer del día siguiente. Los ejércitos se componían única y exclusivamente de infantería y arqueros, no había magos, clérigos ni caballería; eran un total de 16 cohortes (3 de arqueros), de 25 soldados cada una, por parte de Darokin, y 28 cohortes (6 de arqueros) de tan sólo 7 soldados cada una, por parte de los del Caos (aquí se evidenció el tremendo desgaste de orcos y demás en los días anteriores). Los ejércitos formaron en perfecto orden de batalla – salvo algunas colinas y algún que otro pantano, no había obstáculos naturales-, los legados parlamentaron sin llegar a ningún acuerdo y las huestes avanzaron para chocar finalmente por el flanco derecho. Por cierto, servidor de ustedes controlaba a las tropas de orcos y Dani y Xena, compañeros de juego, a los de Darokin.
Al principio, los orcos, a pesar de su franca inferioridad numérica, se defendieron con denuedo – tuve suerte al tirar los dados, y mis compañeros de partida hicieron unos tiros horribles-, pero sin lograr destruir ni una sola cohorte enemiga; cuando los combates se fueron generalizando en toda la línea del frente, la lógica y el número se impusieron, avanzando los de la República de Darokin de modo lento pero firme, a pesar de mi obstinada resistencia – empezaron a caer mis cohortes como Lacasitos, en el tramo final de la batalla-. A pesar de algunas acciones heroicas aisladas (como la del cabo orco Rogor, que frenó él solo con su arco a toda una cohorte enemiga durante un breve intervalo de tiempo), los soldados darokineses, bien compenetrados con sus arqueros, que descargaban lluvias de flechas muy dañinas, fueron acabando con mis orcos de Tierras Rotas. Mediada la tarde, era aniquilada la XXVI cohorte de Infantería orca, última que seguía la lucha, y el estandarte rojinegro del Caos era capturado por el alférez Teof Cabeza Negra, concluyendo el choque con una rotunda victoria de Darokin, que exterminó a la práctica totalidad de adversarios perdiendo tan sólo el equivalente a dos cohortes.

Asedio que te crió
Diomedes ordenó reanudar el asedio a El Puercoespín, que se volvía a ver rodeado de tropas enemigas, y con unas fuerzas muy mermadas para defenderlo, por la derrota en la batalla precedente. No obstante, el castillo era una poderosa construcción, con foso de agua, de gruesa piedra y fuertes puertas, como las tropas de la República comprobarían dolorosamente después.
La única manera posible de asaltar la fortaleza era derribando las puertas principales, imponentes y bien defendidas por largas filas de saeteras (que daban el nombre de Puercoespín al castillo); ésa fue la táctica seguida por Dani y Xena -que volvían a hecerse cargo de los de Darokin-, para atacar el enclave, defendido por mí. Allí se lanzaron, en principio, 2 cohortes de infantería con un gran ariete y una cohorte de arqueros de apoyo. El aceite hirviendo, las flechas y las piedras arrojadas hicieron sufrir de lo lindo a los de Darokin, teniendo muchas bajas y fallando en el intento de derribar las puertas. La clave fueron los arqueros, que limpiaron de orcos y trasgos los muros, disparando a las saeteras con mortífera precisión, aunque no pudieron impedir que el aceite y los pedruscos siguieran martirizando a los soldados que manejaban el ariete – Dani no tuvo su día con los dados-.
Finalmente, casi más por aburrimiento que por eficacia, las puertas cedieron y el grueso de la tropa se lanzó al interior de la fortaleza. Para su sorpresa, El Puercoespín no era el típico castillo de patio de armas amplio, sino una sucesión de recintos cerrados y con saeteras, unos dentro de otros, desde los que se podían infligir muchas bajas al enemigo sin apenas sufrir daños propios. Esto llevó a que los arqueros caóticos se cebaran en los asaltantes (la 5ª cohorte fue prácticamente aniquilada a flechazos), apuro que sólo pudo ser solventado cuando los arqueros darokineses de Akesoli replicaron a las flechas de los defensores, diezmándolos. No obstante, los combates en los espacios interiores del castillo fueron resueltos de modo brillante por los de Diomedes: de las cuatro torres que coronaban el castillo, tres cayeron al primer embate (la torre noreste caería algo más tarde), y en los choques en el adarve de la muralla y en los corredores, los trasgos, kobolds, gnolls y orcos fueron aplastados por las tropas de la República.

Nuestro ariete era más simple, éste se salía del presupuesto
Restaba tan sólo abrir la lata, es decir, derribar las otras dos puertas que daban acceso a otros tantos recintos interiores, cosa que se acabó logrando no sin sufrimiento – los defensores arqueros machacaron a filas enteras de las cohortes darokinesas-, y una vez barrida la infantería de Tierras Rotas, los dos oficiales grantrasgos que quedaban vivos dejaron caer sus espadas y se rindieron. Diomedes se había hecho con El Puercoespín, a costa de perder al 40% de sus hombres entre la batalla y el asedio. Siguiendo las órdenes del Senado Republicano, ordenó saquear el enclave y reducirlo a ruinas sin incendiarlo, ya que en lo más profundo del castillo se halla un dungeon que nuestro grupo tiene orden de explorar…y justo ahí lo dejamos.
Así que partida atípica y, de nuestros personajes, poco hay que decir esta vez. El próximo día, dungeon clásico con sorpresa. ¡Espada y Conjuro!

